Muerte o transfiguración de la poesía
Cuando Nietzsche anunció, con bombos y platillos, la inexplicable pero ineluctable muerte de Dios, en realidad estaba hablando de otra muerte: la de la poesía. No quiero decir con esto que el filósofo de Röcken haya querido hablar en verdad de la poesía y que algún extraño prodigio —acaso cepillar la palabra enunciada con sus bigotes de brocha y martillazos, acaso entrenar al superhombre para combates de la UFC— lo haya obligado a proferir algo distinto a lo que genuinamente pensaba. Tampoco quiero decir con esto que Dios y la poesía son lo mismo, aunque, claro, las similitudes son muchas, empezando por el concepto de verbo creador. Lo que intento transmitir es más sencillo: ante la duda sobre la existencia de Dios, asegurar su muerte sería una imprudencia que mi lógica jamás perdonaría; pero sobre la muerte de la poesía, me temo que sobran evidencias.
La primera de todas es la falta de lectores. Se me dirá que el género en cuestión nunca los tuvo en cantidad suficiente, lo cual es cierto; sin embargo, cada día hay menos, y los pocos que quedan son también poetas. Nada bueno puede sucederle a un género literario cuando solo es leído por quienes lo producen. Y dejo de lado, por ahora, las consecuencias funestas de esta situación (camarillas, celos, egoísmos, rivalidades infundadas, etc.), que, si bien siempre existieron, al no haber lectores legítimos que compensen estas irritantes miserias, las aludidas consecuencias son en este momento más nocivas.
La segunda evidencia es la carencia de horizontes estéticos. La poesía que se escribe en estos días, salvo honrosas excepciones, parecería abjurar violentamente de sus predecesores, de su historia, de su tradición, pero, a diferencia de los grandes parricidas literarios de otras épocas, sin proponer siquiera alternativas. En la actualidad, solo basta que un texto esté escrito en verso para ser considerado poesía. Huelga decir que ahí está el principal error. Por más que yo escriba:
En la actualidad,
solo basta
que un texto
esté escrito
en verso
para ser
considerado
poesía.
… no estaré escribiendo un poema. O tal vez sí un poema, si entendemos por poema a cierta tipología textual. Lo que no estaría escribiendo es poesía.
Mucha de la poesía contemporánea solo se define a partir de su corsé estrófico, de su caprichosa división en versos, y eso, como acabamos de demostrar, no define nada.
La poesía, en lo que a mí respecta, debe tener tres componentes fundamentales para que se manifieste, para que se haga reconocible. Esos tres componentes son el ritmo, la imagen y el símbolo. De estos tres, solo se conserva el primero, representado sustancialmente en la ya mencionada división en versos.[1] La imagen y el símbolo —componentes que, en algún punto, remiten al desplazamiento semántico o a la trascendencia verbal en un sentido asimismo traslaticio— dan la impresión de haber migrado a otros géneros. Podemos encontrar más imágenes y símbolos en un ensayo histórico de Germán Arciniegas o en un fragmento filosófico de Cioran que en muchos poemas de autores contemporáneos.
En efecto, la prosa se vuelve, en ocasiones, más poética que el verso. Lo cual no deja de ser interesante, ya que, históricamente, siempre hubo más lectores de cuentos, novelas y ensayos que de cuartetos, octavillas y sonetos. Tal vez este fenómeno sea una oportunidad para que los lectores eduquen su mirada y sus oídos; tal vez solo esté dejándome llevar por un no muy sólido entusiasmo.
«Otorgar un sentido más puro a las palabras de la tribu»[2], decía Mallarmé para referirse a la noble misión de los poetas. Pues bien, esa misión se ha ido desdibujando poco a poco con el paso cansino de los días, paso que solo parecería recordar (o retomar), al menos en lo concerniente a este siempre incomprendido género, un modelo estrófico que, como hemos visto, no es en sí mismo relevante.
Es innegable que el signo de los tiempos no contribuye en absoluto para que las cosas se acomoden. No obstante, todavía quedamos algunos que buscamos la poesía donde sea que se haya ido a refugiar, pues está claro que, hace ya rato, se fugó de los poemas.
[1] Como bien
lo han demostrado los grandes estilistas, el ritmo no se reduce a cómo se
encadenan o encabalgan unos versos. La mayoría de las veces, ese ritmo está
dado por la propia respiración de la frase, del período, es decir, por su
sintaxis. La armonía y el equilibrio de una oración o de un verso, por lo
tanto, tienen más que ver con la eufonía, clara reminiscencia de los tiempos en
los que la poesía estaba asociada al canto.
[2] Stéphane Mallarmé. «La tumba de Edgar Allan Poe», en Poesía completa, Barcelona, Ediciones 29, 2001.



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